Un dia de mis dias

Homs se protege de las miradas ajenas bajo un disfraz de calles sucias y edificios desteñidos. Es un caleidoscopio, como adelantaba, que prefiere ocultar las mejores formas de su interior para quien se dedica a buscarlas.

El cielo gris ceniza sirve de fondo a unas palomas traviesas que juegan a perseguirse a si mismas y que, dando vueltas sobre quien las domina, forman parte del escenario cotidiano de la ciudad.

Coger el autobús es toda una aventura. Me apresuro hacia la puerta esquivando a un grupo de mujeres empeñadas en entrar las primeras, ignoro las miradas curiosas que me estudian mientras entrego el dinero al conductor (siete liras sirias no llegan a ser 5 centimos de euro) y mantengo el equilibrio mientras el autobús que acaba de arrancar pita al niño en bicicleta que tiene delante para no atropellarlo. Un joven me cede su asiento y se lo agradezco.

Voy cargada de bolsas a casa de mi prima Nivin donde duermo desde que mis padres volvieron a Madrid. Transporto conmigo un poco de todo: fruta, restos de almuerzo, pasta de dientes y el pijama de invierno.

Empieza a hacer frío. Mi prima ha colocado ya la manta que me arropa por las noches en mi cama y que me ayuda a dormir mas profundamente cuando todos los integrantes de la casa deciden que ha llegado la hora de acostarse.

En mi cama, bajo el ruido de los mosquitos que auguran noche de insomnio, termino pensando en todo lo que me rodea y que hacen que vivir en Homs merezca la pena. Esos detalles ínfimos como el olor del jazmín al alba, entender los versos de Darwish, conversar al anochecer en árabe sobre como cocinar una tortilla de patatas y ser testigo del día a día de un país tan lejano al mio, pero de ninguna manera ajeno.

La poesía de Al Andalus se enseña en las universidades y mi maestro, el Doctor Jaldum, introduce en sus clases algún verso siempre que puede. Este sirio de padres palestinos es un apasionado como yo de Darwish y nuestro mutuo amor hacia el difunto poeta de la resistencia nos ha unido mucho. Espero cumplir la mayor parte de sus expectativas.

Dulces sueños o tesbaj ala aljer.

 

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El caleidoscopio

El reloj nuevo de Homs, simbolo de la ciudad

Bienvenidos a Homs, la tercera ciudad mas grande de Siria con 1.033.000 habitantes. Bienvenidos a un mundo repleto de contrastes, de olores y de sabores. Nada de lo que parece es exactamente lo que es. Siria es como un gran caleidoscopio, todo depende de hacia donde decidas mirar.

En esta ciudad lo moderno y lo tradicional se mezclan en escenarios casi imposibles. En ambos extremos de una calle conviven tiendas locales y centros comerciales,  escaparates con ropa moderna  y abayas que tapan a las mujeres y coches de gama alta aparcados frente a casas modestas.

El olor de los contenedores de basura queda camuflado bajo el olor del jazmin, del cafe arabe y del pan recien hecho. En las aceras conviven jovenes a la ultima moda y hombres con sus tunicas blancas, mujeres con escotes y mujeres cubiertas, ninhos con sus pistolas de juguete y ninhas con sus calcetines de tutu bajo sus zapatos de charol.

La mezquita de Khaled Ibn Al-Walid, el guerrero que introdujo la religión islámica en Siria en 636 d. C.

De momento, sigo resolviendo las primeras dificultades. Ya tengo mi casa completa, han terminado las fiestas y manhana comienzo las clases de arabe en un centro privado de ensenhanza. Tambi’en me matriculo en el centro cultural de Homs donde  existen cursos para mejorar el uso de la lengua. En el proximo post hablar’e del 3id al ftur y colgar’e mas fotos. Ahora mismo debo volver a casa porque todav’ia nos quedan mas visitas  (en estas fiestas es costumbre visitar a toda la familia y como somos tantos esto parece “La historia interminable”).

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La máquina del tiempo

El día que cumplí once años me hicieron uno de los mejores regalos de mi vida: un diario. Gracias a él hoy puedo saber cómo pensaba cuando tenía 11, 12, 13 y 14 años.  Os aseguro una cosa: nunca vais a encontrar más faltas de ortografía congregadas. Tantas que me expulsarían de cualquier periódico que se precie. Resulta conmovedor, sin embargo, el ansia de contarlo todo, de escribir todo lo que me pasaba por la cabeza como un libro abierto al estilo Marcel Proust.

 Amores, envidias, celos, traiciones, alegrías, tristezas… fueron años conflictivos y de sentimientos encontrados. Cada vez que sentía rabia o desesperación, o simplemente estaba feliz, lo escribía. Y ahora puedo recordar con nitidez la desazón de los primeros desamores, el júbilo al sentirme querida o la desesperación del abandono.

 Algo ha estado siempre presente en mi vida. En forma de diario, carta o blog, escribir es mi forma de inhibirme del presente para viajar al futuro, es decir, para ayudar a ese futuro yo que vendrá y recordarle lo vivido. Es mi particular máquina del tiempo.

 Mi futuro yo –tal y como me cuentan- recordará su viaje a Siria releyendo este blog y pensará: “Ha merecido la pena”.

 Pues eso espero Lord.

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Las sutilezas

Hace cuatro años, allá por el 2006, viajé a Siria por segunda vez. En mi mochila me llevé un cuaderno, un bolígrafo y el libro “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset. Era la primera vez que me quedaba sola dos meses en un país extraño. Aunque me rodease toda la familia me sentía sola y un poco perdida. Ortega me acompañaba en aquel duro trance, como Heródoto de Halicarnaso acompañó a Ryszard Kapuściński.

Su filosofía me resultaba conflictiva: “La vida es drama. Es esfuerzo por sí mismo”. Me planteaba interrogantes que ni siquiera conseguía comprender. ¿El hombre que acepta hacer lo que debe es más feliz? ¿cómo sabe qué es lo que debe hacer? ¿existe de verdad la felicidad? Reconozco que asimilar todo aquello me resultaba imposible y por eso busqué otras alternativas. De ahí surgió el amor, que me entretuvo todo este tiempo hasta el día de hoy. A veces pienso que nos enamoramos para no afrontar la vida de frente, para construir ilusiones como castillos de arena. Volcamos todos nuestros esfuerzos en algo frágil y nos alejamos de otras asuntos que deberían ocupar toda nuestra atención.

Mi forma de contar las cosas no entra dentro de lo políticamente correcto, pero creo firmemente que la condición personal de los comunicadores influye a la hora de informar. Yo no tengo tapujos para contar que estos cuatros años Siria ha significado para mí un nombre. Hacer periodismo se ha vuelto tan objetivo e imparcial que parecer humanos es considerado delito. Tampoco quiero relatar aquí mi vida personal que a nadie interesa. Pero deseo dejar constancia de que estoy implicada. Quiero ser neutral sólo en la medida de contar lo que es justo y equitativo, pero agregando mi sello personal intransferible.

Hoy he vuelto a empezar. Vuelvo a Siria otra vez con Ortega en una mano y el corazón cicatrizado en otra. Hace poco he oído decir a una amiga: En Siria, existen sutilezas que aquí no se encuentran. Esas sutilezas que no se pueden explicar vendrán implícitas en este blog e intentaré que se entiendan. Creo que son importantes. Es muy difícil ser neutral cuando hablamos sobre algo que nos ha pasado a nosotros. Pero eso es exactamente lo que recordamos -la presencia durante el hecho- y a eso recurrimos cuando relatamos lo que vivimos.

Resumiendo, implicarse está bien pero con perspectiva.

Mi perspectiva será Ortega: esforzarse al máximo dentro de las circunstancias.

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Mis antecedentes

Hace años que llevo planeando este viaje, prácticamente desde mi primer año de universidad. Durante los últimos años me he dedicado a asistir a conferencias sobre el mundo árabe en Casa Árabe, sin olvidar el seminario de periodismo solidario que celebró la universidad Autónoma sobre Palestina. En él conocí al arabista Pedro Martínez Montávez, que no sólo me abrió las puertas de la poesía árabe sino también me dio las claves para entender Oriente Medio: a través del lenguaje y la memoria.También conocí de primera mano la situación en Gaza durante la operación Plomo Fundido en boca de Alberto Arce. Teresa Aranguren me enseñó que los estereotipos mancillan el buen periodismo y que para hablar como corresponsal se necesita una gran preparación previa. Maruja Torres relató con tristeza la guerra civil de Líbano. Tomás Alcoverro nos desilusionó a todos con su demoledora intervención: “Ha muerto la ilusión del hombre nuevo árabe”, refiriéndose al final de la época de Gamal Abdel Nasser. Fue también en aquel seminario donde oí hablar por primera vez de “El hombre mojado no teme la lluvia” y de su autora Olga Rodríguez.

En otro contexto, en el Tribunal Russel sobre Palestina, Pierre Galand y Jose Antonio Martín Pallín me explicaron que Israel viola constantemente las leyes internacionales y que la Unión Europea es cómplice. Mientras mi idea sobre el Estado se tambaleaba, conocí por facebook a un tal Manuel Tapial que se dirigía con la Flotilla de la libertad a Gaza para romper el bloqueo. La ilusión, la angustia y la desgracia nos acompañó a todos los que estuvimos pendientes de las novedades, en especial atención a mi compañera Leila Nachawati. Periodismo Humano acabó convirtiéndose en mi periódico online de referencia para leer lo que de verdad importa y sus colaboradores, mi inspiración. Gracias a este periódico, conocí a tres mujeres excepcionales con nacionalidad israelí: Nurit Peled, Huwaida Arraf y Hanin Zoabi.

Con la Red de Jóvenes Palestinos asistí a manifestaciones y colaboré haciendo Handalas para el Día de la Tierra. Poco a poco, agregué en favoritos los blogs a los que soy asidua. Un mundo lleno de mundos de Nachawati, El cofre damasquino de Yassin Al-Hussen, El minotauro anda suelto de Olga Rodríguez y El faro de Oriente de Mónica G. Prieto son muy recomendables.

También asistí a clases de árabe. Comencé en la mezquita con 18 años, pasé por la academia Iqra en Parque de las Avenidas para terminar estudiando en Casa Árabe. El último año entré en cuarto de árabe en la Escuela Oficial de Idiomas mientras alternaba con las clases de la universidad.

Y ahora me dispongo a instalarme en Siria para sacar el mayor rendimiento posible al aprendizaje adquirido.

Comienzo una aventura.

Fracasar no está permitido.

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El otoño del mes de agosto

Este año el verano mengua en Madrid. El cielo gris que cubre la ciudad a mediados de agosto es excepcional, más parecido a los primeros días de octubre. El viento frío recorre ya las calles y algunas hojas prematuras y traviesas se cuelan en el salón de mi casa. Es un agosto raro, este mes previo a mi viaje. Como si las estaciones se despidieran de mí antes de tiempo, sabiendo que no estaré aquí el próximo año para recibirlas.

A tan sólo dos semanas de mi viaje, me siento extraña, como si mi yo aún estuviese asimilando la idea de que me voy. Aunque volveré en Navidades, espero que mi segundo regreso a la península quede lejos. Después de tantos años de idas y venidas, aún me atrae la idea de la distancia y la lejanía. Estar lejos me renueva. Añoro Siria como si hubiese nacido allí. Añoro el cálido abrazo de su brisa al bajar del avión, añoro el trayecto en coche desde Damasco hasta Homs: la tierra árida, los coches destartalados, los árboles inclinados que recorren toda la carretera hasta mi ciudad y las miradas. Las miradas curiosas y sin reparos que te estudian detenidamente.

Este viaje será a la inversa. Seré yo quien, con mi cámara fotográfica, atrape esas miradas. Mi cámara fotográfica será otro ojo por el que miro el mundo. Sin miedo y con prudencia, y sobre todo con educación, mi objetivo es retratar la sociedad siria fuera del alcance de los estereotipos, buscando siempre contar algo positivo. Sólo conozco una única forma de hacerlo bien: siendo una siria más. En papel es fácil: entro como siria porque mi padre es sirio. Lo difícil será en la práctica. Nada más aparecer por el zoco con mi pelo rubio y mi vestimenta se darán cuenta de que no lo soy. Igual que pienso que los europeos no abandonan sus prejuicios cuando viajan, los autóctonos al vernos tampoco. Su primera reacción es hablarme en inglés, luego en francés y por último, en español. Y cuando les contesto en árabe, el estereotipo se rompe.

Por eso, me planteo la posibilidad de liarme el velo en la cabeza y echar abajo los prejuicios a primera vista. Puntos positivos: me moveré por la ciudad de forma discreta y me hablarán en árabe cuando me vean. Puntos negativos: no podré volver a quitármelo y a mi familia no le gustará que me lo ponga sin ser musulmana. También escucho dos voces en mi cabeza. La primera me dice que el velo me ayudará a integrarme más rapido y me ahorraré el 50% de los problemas. La segunda, en cambio, me dice que es una forma de engañar a los demás y exponerme sin necesidad a sus críticas.

Renegar de mis ideas sobre la libertad de la mujer me costará. No podré hacer milagros durante los primeros meses. Pero, como he dicho antes, uno de mis objetivos es sentirme una siria más, cueste lo que me cueste. Necesito borrar de mi cabeza toda idea preconcebida sobre el mundo árabe y empezar a valorar a las personas por lo que son, no por lo que dicen que son. Y contar historias que vayan tejiendo la auténtica realidad. Desde la humanidad, huyendo de la política y la religión, subrayando los valores que vamos perdiendo poco a poco en España.

Y sólo podré conseguirlo si demuestro que valgo, si día a día me esfuerzo por aprender árabe, dejo de lado cualquier riesgo que peligre mi estancia y defiendo ante todos que mi libertad conlleva más sacrificios que beneficios, pero que la recompensa merece la pena.

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